Cine

Un refugio

de verdad

Vivir en periodos de guerra, o bajo cualquier régimen que imponga mediante la fuerza una condición degradada de nuestros derechos básicos, que coarte nuestras libertades más esenciales y nuestra dignidad, nos implica un ajuste a nuestro habitual modo de funcionar.

El miedo pasa a ser el motor y el impulso rector de nuestras acciones. Nuestro organismo se adapta para funcionar con un sistema de alerta permanente, como respuesta al peligro inminente, impredecible, inevitable.

Cuando son nuestros pares quienes ejercen esta violencia o coerción, debemos buscar otro grupo de pertenencia, que sea nuestro referente. Es lo que Don Tirso, dueño del Circo, ofrece a sus colaboradores; un nuevo hogar, con sus propias reglas o leyes, que los protegen del enemigo.

Esto permitía que emergiera el amor y la amistad, que los conflictos entre ellos siguieran un curso hasta una resolución aclaratoria; que se desarrollara la creatividad, que sus integrantes recuperan su dignidad y pudiesen ser leales a su grupo.

El perseguidor quedaba afuera, lo que siempre facilita la cohesión, pero también le impone un carácter de presidio al refugio, que se torno claustrofóbico.

La realidad no se sentía verdadera con la añorada familia de origen tan cerca y tan lejos a la vez. Eso incita a Mario y a Jaime a buscar contacto, a recuperar lo que quedo afuera, arriesgando incluso su vida y la de sus seres queridos.

Y se encuentra con lo mas temido: Jaime con el horror y con la muerte; Mario con la verdad que faltaba.

Como sobreviviente, Mario, debe asimilar la perdida de toda ilusión, pues nuevamente la realidad gira su destino. Es el momento en que el circo deja de ser un refugio y pasa a sr un espacio de libertad y vida, una real familia.

A veces al ser humano prefiere estar colgando de un precipicio y saber la verdad, que le dará coherencia a sus sentir, antes que vivir en algo seguro, que mas o menos funciona, pero que lo mantiene en una ilusión.

Esto también ocurre en tiempos sociales normales con los secretos familiares y el manejo poco transparente de la información, que segregan una parte de la verdad, dejando en “el mas allá” lo temido y rechazado, a la vez que limitan el pensar y el sentir. Es lo que buscamos nos refugiamos en grupos cerrados o en fanatismo, donde compartimos una idealización, y a la vez tenemos la ilusión de controlar lo dañino.

A menudo, descubrir una cierta verdad interior, un sentir o un pensar prohibido o con temibles consecuencias, es tan doloroso, que preferimos desviar nuestras persecuciones internas a otros ámbitos (o enemigos) perdiendo coherencia al pensar y conexión al sentir, sacrificando nuestra libertad para amar o vivir.

Carolina Bórquez / Psicóloga de la Universidad de Chile. Formación de psicoanalista(e), de la Asociación Psicoanalítica Chilena. Miembro del Centro de Fenómenos Sociales CEF, colaboradora del Centro Chileno de Sexualidad Humana.

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