Sociología

Vivir en el presente no es vivir en el instante

Resistir

Con una prodigalidad que desborda ampliamente los ámbitos del comercio, la moda, y los negocios, las rutilantes instalaciones de los templos del consumo exhiben tras una apariencia anodina, algunos rasgos fundamentales de nuestra variopinta modernidad.

Me detendré en estas líneas en la omnipresencia de lo efímero, de lo fugaz, como atributo esencial de la gran mayoría de las cosas que se nos ofrece en las feéricas vitrinas de las tiendas, multitiendas, outlets y mall. (*)

En efecto, todos de esta modernidad (incluidos los “bienes durables”), tiene una vida útil cada vez más corta. Así ocurre con las nuevas construcciones, los automóviles, los electrodomésticos, etc. Todo ello envejece mal y precozmente.

Loa nuevos materiales se degradan prematuramente y es muy difícil hoy, encontrar un producto, una materia un objeto de uso corriente que pueda acompañar a su dueño durante una larga parte de su vida. No ocurre otra cosa con las relaciones interpersonales, que languidecen antes de haber madurado, a causa de la soledad de los habitantes del páramo ciudadano.

Soledad mal camuflada por la efervescencia de las interacciones de las redes sociales.
Lo efímero de los productos es solidario de otros rasgos de nuestra manera de existir en estos tiempos, una suerte de interés neurótico por la instantaneidad. Es éste, un defecto perverso de nuestra sui géneris modernidad, que hacen que los individuos subestimen el pasado, lo que refuerza la presencia del olvido como una necesidad de la existencia ic et nunc*.

Ello induce, a su vez, el desinterés por el futuro, dando lugar a una concentración de la temporalidad de la existencia, a una dimensión cronológica cuya extensión no supera el límite del instante y su disolución.

En tal exigüidad temporal, no existen ni espacio ni el tiempo (valga la redundancia) para ocuparse de: los demás, de proyectos de vida propios y, menos aún, de la moral o de la historia. Olvidamos que, vivir en el presente no es vivir en el instante; nos cuesta asumir que vivimos en un presente cuyas raíces se hallan en el pasado, del cual nuestro días se han nutrido y seguirán nutriéndose, aunque no lo sepamos, ni lo queramos. Es un presente al que hemos de hacer durar, y en la medida que de nosotros dependa, durar de la mejor manera posible.

“¿Significa esto que el pasado existe?No. Por el contrario, precisamente porque ya no existe son tan necesarias la memoria y la fidelidad: para darle, aquí y ahora, el ser que ya no posee. Si la memoria tiene un deber(…) no resulta de la existencia del pasado. Por el contrario, porque ya no existe hay que recordarlo, porque solo nos tiene a nosotros para habitar, como pasado, el presente.” (1)

De un modo análogo, hemos de resistir a la tentación de renunciar a relacionarnos con el futuro; es imprescindible asumir el que lo esencial del futuro; ya que fragua en el presente de cada día.
“No hay que pensar el porvenir porque exista. Por el contrario, hay que pensarlo porque no existe y depende así, por lo menos en parte, de lo que pensamos y queremos al respecto.” Por eso imaginación, anticipación, prudencia y voluntad son tan necesarias: para hacer, aquí y ahora, que “el porvenir, cuando esté presente, no se aleje demasiado de lo que deseamos.”(2)

(1) André Comte-Sponville, ¿Qué es el tiempo? Ed. Andrés Bello, 2001. Buenos Aires, Santiago de Chile, 2001.p.137
(2) André Comte-Sponville, op cit.p.138

*Feéricas: Maravillosas
*ic et nunc: Aquí y ahora

Gabriel Salinas / Sociólogo. Doctor en Ciencias Sociales de l’ Université Libre de Bruxelles, Bélgica. Estudio de doctorado en filosofía en la Universidad de Chile. Colaborador en la APCH (Asociación Chilena de Psicoanálisis).

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