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2024 número 4

Soy una cuestión de identidad

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El niño que domó el viento - Cine

El niño que domó el viento

Necesidad, resiliencia y Hermes

Realizar una película basada en personas y sufrimientos reales tiene un componente emocional añadido para quien la recibe: invita a reconsiderar cómo nos enfrentamos a los hechos. El actor y director Chiwetel Ejiofor, quien además firma el guion, es muy consciente de que con su película El niño que domó el viento ofrece una historia que, si bien se gesta en condiciones de gran dureza, habla, principalmente, de la inteligencia y la esperanza propositivas y resilientes.

Relatada de una manera clásica, primando la sencillez expositiva, toma la biografía de William Kamkwamba, quien es hoy un innovador ingeniero. Cuando William contaba doce años, los cambios políticos y climáticos de su país, Malaui, pusieron en riesgo la supervivencia de su familia, dedicada a la agricultura. La hambruna asoló la región de Kasungo a causa de la progresiva desertización de las tierras fomentada por la deforestación en favor del monocultivo del tabaco. Únicamente el regadío podía garantizar la siembra y posterior cosecha. Pero, ¿de dónde sacar la energía para posibilitar un sistema de regadío?

A esa primera necesidad rotunda del hambre, se suman nuevos obstáculos: la falta de dinero para pagar los estudios de William y su hermana, la brutalidad del nuevo gobierno y la desunión entre la comunidad. Esta última, a mayor crudeza de la realidad, se muestra más reactiva al miedo como núcleo emocional, el que se expresa en violencia, huida, rigidez, abulia o desesperación. Solo ese chico de doce años, un joven héroe según la narrativa mítica, logra no claudicar a la inercia del caos. Su capacidad de asombro, inteligencia, valor y astucia para atreverse a colarse por las rendijas de las negativas destinadas a doblegar su determinación, hacen de él un muchacho inspirado por las cualidades de Hermes, el dios que mejor representa la resiliencia.

La psicoanalista junguiana Sylvia Baptista[1] nos recuerda cómo Hermes, siendo un bebé, inventó la lira a partir de una tortuga con la cual tropezó. Lejos de quejarse por el tropiezo, este abrió su curiosidad empujándole a explorar lo que aquella situación tenía para ofrecerle. Su creatividad e ingenio le llevaron a asociar dos cosas muy distintas, el caparazón de la tortuga y las tripas de los bueyes que previamente había sacrificado, y al ponerlos en relación, creó una tercera cosa: la lira. El instrumento será un mediador, porque hablará al corazón de los hombres y servirá también para apaciguar el contencioso con su hermano Apolo. “Su prontitud para crear nos indica que ese dios es capaz de enseñarnos a transformar adversidades en oportunidades. Él sería la más cristalina representación de aquello que hoy llamamos resiliencia en psicología.”.

Hermes en su calidad de «trickster» o dios de la treta, es el hálito que inspira al muchacho a buscar las maneras de desafiar la severidad estéril de la escuela, logrando colarse en la biblioteca, donde encontrará el libro que moverá su ingenio para crear, con materiales dispares, una turbina que salvará a su comunidad del hambre.

Si Hermes es el Dios que nos ofrece tal modelo arquetípico de humanización, no debemos olvidar convocarlo en nuestro día a día y sus pequeños y grandes desafíos. La necesidad es una dura maestra, pero las lecciones más bellas nos las enseña Hermes. Entrenemos la resiliencia.

[1]La Función Trascendente en Hermes. Sylvia Baptista, http://www.adepac.org/

Eva Hibernia / Licenciada en Artes Escénicas por la RESAD de Madrid y cursos de Doctorado en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra. Eva Hibernia es escritora, directora de escena, coach de escritores y terapeuta en integración de sueños. Sus trabajos artísticos se pueden seguir en evahibernia.blogspot.com. Su trabajo como coach en www.coachingescritores.com

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