Edición Europa

2019 numero 1

Cine

Philomena:

historias que deben ser escuchadas

Que bella película. Que magnífica actuación de Judi Dench. Qué tristeza y qué emoción. Nos sugerimos en esta sobrecogedora historia (basada en hecho real), de una mujer mayor, que habiendo sido mamá adolescente, fue despojada de su bebé, por las monjas del convento en que vivía y, 50 años más tarde, emprende la búsqueda de ese hijo que ya tiene otra vida y su historia. La acompaña un serio periodista, que, habiéndose quedado sin muchas alternativas en su carrera, con bastante frustración y escepticismo, debe explorar en este género de “contar historias humanas”.

Esta historia, tan bellamente contada, nos deja una vez más perplejos ante la inmensa capacidad de crueldad del ser humano, contra el ser humano. ¿Qué es eso? ¿Cómo nos lo explicamos?

No hay palabras. En este caso, la crueldad irreparable ejercida por las monjas del convento en el que creció Philomena, justificada, por supuesto, en la defensa de “bien superior” de la pureza y la castidad, en la defensa de la “Verdad”. La misma pureza y la misma “Verdad” que han legitimado la crueldad hacia los negros, los judíos, los homosexuales, y tantos otros grupos. El cine como otras formas de arte, tiene esa posibilidad misteriosa y paradójica de mostrar con belleza el horror. Lo podemos ver también en la película “Doce años de esclavitud” (Steven McQuinn) y en muchas otras.

Pero la belleza, naturalmente, no está en el horror, quizá se encuentra más bien en la posibilidad de sobrevivir al trauma, en el necesario homenaje a los que no sobrevivieron, en la inmensa capacidad de reparación de la que somos parte observadores o como compañeros testigos.

La historia traumática debe constituirse en un relato, y así confirmar su realidad y su significado. ¡Si, esto ocurrió! Si le ocurrió a alguien, y así fue. Y es el otro, el que confirma esta realidad. Es en la intersubjetividad de la víctima y el testigo donde emerge la experiencia para ser vista y testificada, para quedar y existir en el mundo, y no solo en la vivienda interna y aislada de la víctima. Esto nos conecta por fin con los otros, y nos devuelve como humanidad y como individuos la responsabilidad de nuestra propia separación y evolución.

La historia debe ser contada y es contada a otro.

Lo sobrecogedor de Philomena es la bondad de la protagonista, si, así tal cual: bondad. El amor y el apego amoroso, la capacidad infinita de perdón. Y desde una lectura complementaria; el sometimiento de Philomena y su imposibilidad de cuestionar a la autoridad de la infancia o a una lealtad sin límites a un sistema de creencias; en las que el mal no puede ser infringido por quien representa al bien, o tal vez, este debe ser perdonado siempre. Es a través del periodista, su acompañante y testigo, que aparece esa voz que llama a la justicia y el espectador puede ser representado. No hay una verdad.

Imposible no referirse al humor en esta película, y es que Philomena ¡hace reír! El humor es también un recurso en la supervivencia y en las relaciones humanas, la risa hace bien. La protagonista tiene destellos muy graciosos, y a más risa, más lágrimas también, eso que se ha llamado llorar de emoción, ocurre aquí. La película despierta tristeza, dulzura, impotencia, compasión, dolor, esperanza y quizás que más a cada uno. Es en ese cuadro posiblemente, donde puede apreciarse la belleza.

Carla Crempien / Psicóloga clínica de la Universidad de Chile. Ph(D) en Psicoterapia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad de Heidelberg, Alemania. Postítulo en terapia familiar y de parejas simbólico – experiencial, Instituto de Psiquiatría y Psicología de Santiago de Chile.

Deja un comentario