Edición Europa

2019 numero 1

Sociología

Tiempo

de rituales

La vida cotidiana de las postreras semanas, transcurrieron bajo el influjo de solicitaciones diversas, que terminan por adecuar nuestro diario vivir a una ritualidad que nos resulta, a la vez, conocida y extraña.

La vivacidad de los rituales a los que adherimos por esos días, evoca la idea nietzscheana del “eterno retorno del mismo”. A pesar de las apariencias, y de Nietzsche, no hay tal “retorno”, como nos lo muestra la experiencia diaria que nos permite constatar novedad y cambio en nuestro entorno; y, si ello no bastase, la convincente afirmación nerudiana está ahí para recordarnos que: “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”.

Contra viento y marea, los rituales persisten y evolucionan, adecuándose a las necesidades de los nuevos tiempos.

La ritualidad (“Observancia de las formalidades prescritas para hacer una cosa”, según la RAE), contribuye, de muchos modos, a facilitar las relaciones entre los individuos en la comunidad y de está con la naturaleza. Así fue desde tiempos inmemoriales; en efecto, ritos, liturgias y ceremonias, fueron y siguen siendo elementos estructurales de la vida humana, tanto en la terrenal domesticidad del día a día, como en la insondable complejidad intemporal del imaginario individual y social.

Entre las numerosas funciones reguladoras asumidas por la ritualidad, hay una, que podemos considerar la tarea de las tareas, a saber:
La de capturar el tiempo, o por lo menos modular su transcurso, temperar sus oscilaciones y hacer previsible su ritmo. He ahí, lo que oculta la policromía de los rituales, lo que se escucha, débilmente, bajo su polifonía, lo que se vislumbra, apenas, tras su cegadora pirotecnia.

En realidad los ritos nos hablan del tiempo, o mejor dicho, de nosotros y el tiempo.
Vamos asumiendo, bien o mal…, los ritos de cierre y/o apertura de un ciclo anual.

¡Qué cosa más rutinaria y más extraña que el tiempo!

“¿Qué es el tiempo? – se interroga San Agustín – Si nadie me lo pregunta lo sé ; si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no sé”. (1)

La “evidencia dubitativa” de San Agustín, inaugura una fecunda reflexión para la cual el tiempo parece indefinible, inaprensible, como si solo existiera en su fuga, como si solo apareciese con la condición de desaparecer siempre, y tanto más oscuro en su aspecto conceptual como claro en la experiencia. “Es testimonio y misterio: solo se revela escurriéndose; solo se entrega en su pérdida; solo se nos impone en el movimiento mismo por el que se escapa. Aunque todos lo conocemos o reconocemos, nadie lo ve cara a cara” (2).

“¿Qué debemos al pasado?”

Un milenio más tarde, Pascal dirá que el tiempo forma de las cosas cuya definición satisfactoria es “imposible e inútil”: “¿Quién podrá definirlo? ¿Y por qué intentarlo, ya que todos conciben lo que queremos decir al hablar, sin designarlo más?.”(3)

Para nuestra consciencia, el tiempo es inicialmente sucesión de pasado, presente, porvenir. Ahora bien, el pasado no está, puesto que ya no es. Tampoco el porvenir, porque todavía no es. En cuanto al presente: o se divide en pasado y porvenir, que o son, o es “un punto de tiempo” sin ninguna “vastedad de duración” y por lo tanto, “deja de ser tiempo.”(4)

Montaigne ya había llamado la atención sobre ello diciendo que: “…en lo que a estos vocablos:  presente, instante, ahora”, con los que al parecer fundamentamos y aseveramos principalmente la inteligencia del tiempo, al encontrar [al tiempo] la razón lo destruye de inmediato: porque lo escinde sin demora y lo parta del futuro y pasado, como si quisiera verlo siempre dividido en dos. (5)

Cabe decir que la reflexión sobre el tiempo no ha cesado, conociendo una extensión y profundidad inauditas, involucrados todos los dominios del saber.

“El tiempo es el presente. El pasado no es, porque no está más, el porvenir no es, porque aún no está: solo está el presente, único tiempo real.”(6) se trata de nuestro presente, en el que se articulan tiempo y espacio, los referentes sine qua non de la existencia humana.

La realidad soberana del presente no nos desvincula del pasado, nos obliga a buscar en él muchas de las claves del “aquí y ahora”. Presente real que también nos obliga a considerar nuestro porvenir, no como un destino predeterminado, sino como una realidad emergente del presente en que habitamos.

¿Qué debemos al pasado? GRATITUD y no nostalgia, nos dice Spinoza; ¿y al porvenir qué nos puede vincular? Spinoza responde: la CONFIANZA y no la esperanza. (7)

 

(1) San Agustín. Confesione.

(2) Andrés Comte-Sponville.¿Qué es el tiempo?Ed. Andrés Bello, Buenos Aires, Santiago de Chile.P.19

(3) Blaise Pascal. Pensées.

(4) Ibidem

(5) Montaigne Essais.Apologie de Raymond Sebond.

(6) A.Comte-Sponville. Ibidem.cmxm

(7) Baruch Spinoza. Ética.

Gabriel Salinas / Sociólogo. Doctor en Ciencias Sociales de l’ Université Libre de Bruxelles, Bélgica. Estudio de doctorado en filosofía en la Universidad de Chile. Colaborador en la APCH (Asociación Chilena de Psicoanálisis).

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