Edición Europa

2024 número 4

Soy una cuestión de identidad

Filosofía

Vestirse - Filosofía

Vestir quiénes somos

«¡Existo! ¡Soy Yo!», exclamaba entusiasmado Descartes. La duda había invadido totalmente la realidad del filósofo francés. Se decía ¿cómo sé que todo lo que veo, lo que pienso, lo que amo, no es una ilusión? ¿Cómo escapo a la posibilidad de un engaño infinito? Y entonces, aquí está el descubrimiento: aunque reine la falsedad, hay algo indudable porque, engañado o no, yo existo.

La fuerza de esta experiencia fue tal que sirvió para inaugurar una nueva manera de ver la realidad. A partir de entonces, el yo debía representar el punto de partida a la hora de entender nuestro estar en el mundo.

Hay momentos, sin embargo, en que esta certeza parece empañarse. Por las mañanas, por ejemplo, cuando suena el despertador, eso de «yo soy Yo» no es nada claro ni distinto. El viaje de la noche nos deja una sensación de jet lag, un momento de extrañeza ante nosotros mismos: ¿quién era yo? El día comienza con una crisis de identidad. Quizás se trata solo de un instante, pero el hecho es que hay un momento en la mañana en que aún no somos nadie. Luego, vamos ocupando nuestro yo, nos ponemos en el papel, y empezamos a ser nosotros mismos. Nos levantamos desnudos de identidad, y parece que comenzar el día significa vestirse con el yo que nos es propio. La identidad sería, entonces, una especie de indumentaria con la que nos cubrimos y que nos acompaña.

Sucede un poco lo que explicaba el filósofo alemán Edmund Husserl, padre de la fenomenología filosófica. La conciencia, el yo, se manifiesta al dirigirnos hacia el mundo. Surge como un encuentro entre mi atención y las cosas; al fijarme en lo que está delante, el mundo se me aparece, y así me constituyo. Por eso entendemos que empezar el día es dedicarnos a nuestras cosas, disponernos a ellas, y por eso es algo progresivo, un ir yendo hacia allá.

En términos cotidianos, podríamos concretar el proceso de la siguiente manera: dejamos la cama, nos arreglamos y nos vestimos, que es una manera de dirigirse hacia la calle. La identidad, otra vez, es esta vestimenta última. Toda pieza de ropa tiene dos caras: la parte que mira hacia adentro, hacia el cuerpo cubierto, y la que mira hacia afuera. Respecto a la cara íntima, la vestimenta protege, abriga: la identidad calma el frío de no saber quiénes somos, disminuye la tensión de no ser del todo nadie, como ocurre justo al despertar. Evita la desnudez. La otra cara es la que mira hacia afuera, hacia el resto de las personas. En este sentido, la indumentaria proyecta una imagen y nos dispone a la intersubjetividad. Es lo que los demás ven de nosotros. Esta función externa es similar a la de una máscara, lo que se pone sobre el rostro para encarnar un personaje, frente a la audiencia. Siguiendo esta lógica, acabaríamos diciendo: Theatrum mundi, la vida es un teatro.

Es necesario sacar conclusiones del hecho de que podamos hablar de dos caras en la vestimenta. Si nos resulta posible referirnos así, es porque, en sí misma, toda pieza de ropa representa una separación; la tela es el dibujo de un límite, trazo que pone distancia entre un cuerpo y todo el resto de las  cosas. Con la fuerza de la analogía, digámoslo: la identidad es la estructura que escinde el universo en dos, que me diferencia a mí de todo lo otro y delimita qué queda dentro y qué fuera; en fin, que me distingue del mundo. Y esto implica riesgos. ¿Qué pasa si un vestido ajusta demasiado? Que daña y limita. ¿Y si en lugar de telas, está hecho de hierros y cueros? Que es una armadura, o una coraza. ¿Y si es solo moda, si le falta gracia? Que falsea a quien lo viste.

Que la identidad, si ha de ser algo, sea la oportunidad de liberarnos de lo que no somos.

Daniel Mansilla / Filósofo, Universitat de Barcelona. Profesor de Bachillerato, ocupación que comparte con su interés por la música y la armonía.

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